Texto elaborado por Pati Jimenez*
Ecóloga doctorada en Ciencia y Tecnología Ambiental.
Técnica certificada en microbiología del suelo por el Soil Food Web School.
En un momento histórico marcado por el colapso ecológico y el agotamiento de los recursos, el suelo puede parecer algo pequeño, local, casi insignificante. Pero es justo lo contrario: el suelo es una solución silenciosa, profunda e infinitamente poderosa a muchos de los grandes retos globales. Restaurar su vida es restaurar nuestra conexión con la Tierra. Y quizá por eso, el trabajo con la microbiología del suelo no solo transforma paisajes, sino también personas. Nos devuelve la humildad, la admiración y el compromiso.
Un solo gramo de suelo sano puede albergar miles de especies y billones de organismos”. Más del 50% de la biodiversidad terrestre vive bajo nuestros pies, según un estudio global publicado recientemente en Nature (2024). Estamos ante uno de los sistemas vivos más importantes del planeta… y uno de los más amenazados por las prácticas agrícolas convencionales.
Aunque no se vea, el suelo es uno de los ecosistemas más complejos y esenciales del planeta. Sin embargo, durante siglos, lo hemos tratado como un recurso inerte, algo que se pisa, que se labra, que se explota.
Hoy, gracias al abrazo entre los saberes ancestrales y la ciencia más reciente del suelo, sabemos que recuperar la vida del suelo es clave para regenerar los ecosistemas, la producción de alimentos, restaurar el ciclo del agua, hidratar los paisajes … en definitiva, recuperar nuestro presente y futuro.
Observar por el microscopio es, en realidad, mirar hacia el futuro con otros ojos. Veamos quiénes habitan este universo subterráneo:
Lombrices, nemátodos y toda la microbiología del suelo han estado arándolo durante millones de años, y continúan haciéndolo hoy. Cabe dudar de que haya muchos otros animales que hayan desempeñado un papel tan importante en la historia del mundo como estas criaturas
Imagen: The importance of Soil Microbes in Carbon Sequestration and Long Term Soil Accrual CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, via Wikimedia Commons
Y como en toda buena historia de cooperación, las plantas son protagonistas y no meras espectadoras. A través de sus raíces, emiten exudados —compuestos azucarados sencillos y más complejos, aminoácidos, fenoles— que nutren y seleccionan a los microorganismos que mejor les convienen. Es una relación activa, simbiótica, dinámica. Una danza bioquímica de beneficio mutuo.
“Lo que funciona, vive”. Como decíamos antes, cuando esta red de vida está en equilibrio, el suelo recupera su funcionalidad:
En definitiva, este tipo de suelos vivos amortiguan cambios climáticos extremos, mejoran la biodiversidad, producen alimentos de forma más sana e independiente de insumos externos, estabilizan ecosistemas y generan paisajes más funcionales y hermosos. ¿Acaso no es todo esto lo que estamos buscando conseguir?
Muchas veces, pensamos que las soluciones vendrán dadas a través de los últimos inventos o tecnologías más potentes cuando la más eficiente y más rentable ya está disponible: LA FOTOSÍNTESIS. Para que esta tecnología realmente pueda dar los resultados que comentamos, necesitamos una microbiología sana.
No lo decimos solo desde la práctica agrícola. Sobre la mesa tenemos la importancia de restaurar la vida del suelo como estrategia transversal para abordar múltiples y simultáneas crisis: ambiental, climática, alimentaria, energética, de materiales, social, etc.
Como hemos visto, la vida microbiana del suelo desempeña funciones esenciales como son:
Sin embargo, muchas prácticas agrícolas convencionales como el arado intensivo, la aplicación de herbi, fungi y demás -cidas, pueden dañar seriamente esta microbiología, al interrumpir sus hábitats y reducir su diversidad. ¡Potenciemos, entonces, aquellas prácticas que favorecen y crean un ambiente óptimo para que este microuniverso campe a sus anchas, desempeñando sus funciones al máximo y llenando de vida nuestros suelos! ¿Cómo?
Entre las prácticas que ayudan a mantener viva y funcional esta comunidad microbiana destacaría prácticas habituales en agricultura regenerativa, como:
Un suelo vivo es capaz de regenerarse, de mantener ciclos de nutrientes equilibrados y de ofrecer resiliencia frente a plagas, enfermedades y eventos climáticos extremos. Por tanto, mantener viva la microbiología del suelo no es un lujo, sino una necesidad para una agricultura verdaderamente sostenible.
La buena noticia es que la vida en el suelo puede regenerarse. Desde un enfoque agroecológico, con prácticas como mantener los suelos cubiertos, el manejo adecuado de un pastoreo extensivo dirigido, la aplicación de compost bien elaborado, o de extractos y tés de compost aeróbico y demás prácticas regenerativas, es posible devolver la funcionalidad biológica al suelo en pocos ciclos.
Desde nuestro laboratorio, aplicamos el enfoque de la Soil Food Web School, desarrollado por la Dra. Elaine Ingham, para evaluar y guiar ese proceso.
Gracias a la microscopía y al conocimiento ecológico del sistema, podemos personalizar los tratamientos para cada suelo y contexto productivo. No solo nos basamos en esta escuela. Nutrimos nuestro conocimiento con referencias internacionales como Nicole Masters, Christine Jones, Nacho Simón, John Kempf, Toby Kyers, Nora Levay, entre muchos otros más. Lo más inspirador es que no necesitamos inventar nada nuevo. Solo debemos volver a observar, comprender y acompañar los procesos que la naturaleza lleva perfeccionando desde hace millones de años.
* Pati Jimenez es Ecóloga doctorada en Ciencia y Tecnología Ambiental, técnica certificada en microbiología del suelo (Soil Food Web School). Investiga y divulga la regeneración de suelos vivos a través de la herbivoría y la restauración de la microbiología. Impulsa la ganadería extensiva y el pastoralismo desde la Fundación Entretantos y es docente en la Universidad IE, en los campus de Segovia y Madrid. Además del análisis de muestras, imparte talleres dirigidos a técnicos y productores sobre microbiología del suelo y su aplicación en campo.
«Mi vínculo con la agricultura regenerativa empezó hace más de diez años gracias a unos vídeos de la Asociación de Agricultura Regenerativa que encontré buscando en internet proyectos sobre restauración de suelos. Fueron mi puerta de entrada a un conocimiento transformador que agradezco profundamente. Por eso, hoy me alegra poder devolver parte de ese aprendizaje compartiendo lo que he aprendido bajo el microscopio.»